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¿Qué tiene de diferente tomar un café en Buenos Aires? BBC

14 abril 2014
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Café en Buenos Aires

“¿Tomamos un cafecito?” Esta frase antecede muchos de los encuentros sociales en Buenos Aires, una ciudad repleta de bares y cafeterías que son el lugar preferido de los porteños a la hora de juntarse con otros por placer o trabajo, o de tomarse un descanso de la rutina laboral.

Para las autoridades porteñas este hábito es tan característico de la capital argentina, que solicitaron a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) que lo declare Patrimonio Intangible de la Humanidad.

¿Qué tiene de diferente tomar un café en Buenos Aires que hacerlo en París, Roma o Bogotá?

Café Tortoni

El Café Tortoni es uno de los más famosos de Buenos Aires.

Según María Victoria Alcaraz, subsecretaria de Patrimonio Cultural del gobierno de la Ciudad, y una de las principales promotoras de la propuesta a la Unesco, el hábito en Argentina es absolutamente particular. Incluso, ni siquiera requiere beber café.

“Acá cuando nos encontramos con otra persona y le decimos ‘¿tomamos un café?’ nos referimos a una costumbre muy única de ir a un bar y pasar horas charlando, sin que nadie nos moleste. Capaz en vez de café bebemos una gaseosa o comemos algo”, explicó la funcionaria a BBC Mundo.

“Lo que queremos que reconozca la Unesco es el ambiente tan especial que se crea en los bares y las cafeterías de barrio, que es único y no se repite en otras partes del mundo”, aseguró.

Las autoridades de la ciudad tienen hasta finales de abril para presentarle a la Unesco la evidencia que sustente su reclamo de que el hábito de tomar café en Buenos Aires merece ser considerado un Patrimonio Cultural Intangible de la capital argentina, como ya fue declarado el tango en 2009 (de manera conjunta con Uruguay).

“Único”

Una de las personas a las que convocaron para que brinde su testimonio a la Unesco es Italo Daffra, un periodista que creó el sitio #54Bares, dedicado a promover los Bares Notables de Buenos Aires.

Cómo socializan en otros países:

  • España: “¿Tomamos una caña?” (cerveza)
  • EE.UU: “Let’s meet for brunch” (comamos un desayuno/almuerzo)
  • Reino Unido: “Let’s have a pint” (tomemos una pinta de cerveza)

Con esta denominación se conoce a una serie de bares y cafeterías destacados, que son elegidos por la Comisión de Bares Notables, creada en 1998 en el seno del Ministerio de Cultura porteño.

Estos bares -que originalmente eran 54 y ahora son 73- son considerados de gran valor cultural para la ciudad, ya sea por cuestiones arquitectónicas o de relevancia histórica.

Daffra apoya la idea de solicitar a la Unesco que reconozca la práctica cultural de ir a “tomar un cafecito” en Buenos Aires porque lo considera muy único.

“Es la manera de socializar del porteño. En otras ciudades se socializa de otra manera. En París, por ejemplo, me contaron que si querés verte con un amigo lo invitás a tu casa, no vas al bar o a la cafetería”, señaló.

Varios “habitués” (clientes habituales) de cafés del microcentro porteño, consultados por BBC Mundo, coincidieron con esta postura.

“El hábito de tomar café en un bar tradicional es algo típicamente porteño. Es la excusa perfecta para juntarse con amigos. Hay diferentes rituales que envuelven el famoso cafecito. Cualquier cosa se arregla con un café, se liman asperezas, te ponés de novio, te chamuyás (conquistas) una mina (mujer), te arreglás con un amigo. Estoy completamente de acuerdo con declararlo Patrimonio Intangible de la Humanidad”, dijo Javier, un empresario treintañero.

Café en Buenos Aires

El gobierno de Buenos Aires quiere que se reconozca el “ambiente particular” de los cafés porteños.

“El café se toma en todos lados, pero no como acá. En la ciudad de Buenos Aires sirve de excusa para reunirse con amigos o por trabajo. En cambio, en Italia toman café al paso. El ristretto se lo toman y se van. En Brasil tampoco acostumbran tomar café como lo hacemos nosotros. Allá cuando uno pide un café te contestan ‘no, solamente café de la mañana'”, aseguró Eduardo Marinelli, un ejecutivo que ronda los 60 años.

Para Laura, que trabaja de moza en una cafetería sobre la emblemática avenida Corrientes, parte de lo particular de los bares porteños son los “códigos especiales que se dan entre el mozo y el cliente que es habitué”, algo que también destaca el gobierno porteño en su pedido a la Unesco.

Opuestos

Sin embargo, no todos coinciden en que el hábito de tomar café es especial en Buenos Aires.

“Creo que es una actividad que se repite en muchas otras partes del mundo, no veo la particularidad acá”, dijo a BBC Mundo Jaime, el encargado del Café Bar Rialto IV.

Por su parte Jorge, un jubilado que es habitué del Rialto, coincidió: “en los bares de Córdoba, Santa Fe y Rosario sucede lo mismo, así como también en otros países. Me parece una tontera proponer esto como Patrimonio Intangible de la Humanidad”, sentenció.

¿Quién tiene la razón? Incluso entre nuestros corresponsales, de diverso origen -y destacados en diversos destinos- no llegamos a un acuerdo.

Según Juan Carlos Pérez, colombiano de nacimiento y actual corresponsal de BBC Mundo en México, no es exclusivo de Buenos Aires usar los cafés como punto de encuentro.

“En Colombia decimos ‘¿nos tomamos un tintico?’ -como le decimos al café negro- y en México cuando la gente se quiere ver dice ‘tomémonos un cafecito”, señaló.

Café en Buenos Aires

Mucha gente va a los bares porteños a leer o a trabajar, y pueden hacerlo por horas sin ser molestados.

En cambio, a Vladimir Hernández, periodista venezolano de BBC Mundo y excorresponsal en Argentina, sí le resultaron distintivos los cafés porteños.

“Se podía llegar a un bar, pedir un café y trabajar tranquilamente sin molestias por horas. En ningún momento llegaba el mozo a apurar el café o exigir más consumo”, recordó.

“Me di cuenta con el tiempo que no era el único que aprovechaba e instalaba su oficina en el café. Muchas personas, a lo largo del día, traían sus computadoras portátiles para trabajar. Mezclados, todos, con aquellos que llegaban a desayunar o merendar”, rememoró.

Es ese tipo de “fauna” particular de los bares porteños el que el gobierno busca que reconozca la Unesco.

Pero tendrá que esperar… recién en noviembre el organismo definirá cuáles de las 60 postulaciones que recibió serán consideradas nuevos Patrimonio Intangible de la Humanidad.

 Miércoles, 2 de abril de 2014

Clarín 19/06/12 – Y las ganas de comer…

26 julio 2012
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Pedí pebete de crudo y queso.

Por Hernán Firpo catador de albóndigas y ensalada rusa.

Pebete, vení. Si no lo conocés, lo tenés que descubrir. El Banderín está ahí, en una esquina de Almagro.

Pebete, vení. Si no lo conocés, lo tenés que descubrir. El Banderín está ahí, en una esquina de Almagro.

Es de esos lugares a los que uno va y puede preguntarse dónde se sentaba Julián Centeya. Pero vamos a dejar el pintoresquismo a un lado porque El Banderín no es sólo eso, así que rápidamente buenas tardes, permiso, gracias, paso a la mesa pegada al mostrador, siempre de espaldas a la tele –innecesaria, rompeclimas-. A los lugares con encanto se llega con fascinación o humildad. Y esto que sigue es un encargo: hay que ser mansos e ignorantes delante de una obra maestra y también dentro de algunos de estos bares centenarios. Y si querés preguntar como Lanata, empezá averiguando qué se recomienda. Nadie vive de los banderincitos colgados de la pared, y Luis, que está de acá para allá, sólo te va a decir que se especializan en fiambres.

Ahí tienen picadas y el mejor sánguche de jamón y queso que hayas probado en tu porcina vida de jamones metálicos y salados como el Mar Muerto.

Esperá, no seas ansioso. No pidas “especial” de jamón y queso porque en El Banderín, y sólo en El Banderín, el pebete es más rico. Tres años y medio testeándolo me vuelven una autoridad (i)relevante en la materia.

Claro que hay francés, pero haceme caso, si está Luis, el tachero y encargado del bar, pedí pebete de crudo y queso. Pappo no podía evitar que fueran hacia él los sanguches de miga; yo no puedo sortear el pebete de crudo, queso y manteca (manteca, por favorrrr, mayonesa es una grasada).

Luis y el tiempo te van a explicar que ahí usan el pebete del medio, no el de la punta. Y, para más datos, una mañana seguís el rastro del pebete que emociona. Lo espías a Luisito y sabés que lo compra en la confitería Boulevard Corrientes. El fiambre es importante, pero nótese que aún estamos con el pan, un pebete que el diente no quiebra sino que empuja haciendo que la miga y el crudo tengan casi el mismo grosor. ¡Grosso! Pispea si podés: le sacan un poco de miga, medio centímetro, y cortan el crudo made in Brazil en fetas ultra finas. “Si no lo cortás finito, pierde el sabor”.

¿Qué más? “El queso siempre va abajo y la manteca debe hacer contacto con el crudo. Si no, perdiste”.

Dato: hfirpo@clarin.com

Fuente: Diario Clarín 19/06/2012

 

Nota diario Clarín del 13 de febrero de 2012

16 febrero 2012
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Esos rincones porteños donde el tiempo conjuga pasiones y tesoros

Una recorrida entre estampillas y postales, caras botellas de whisky, banderines y hasta cámaras de fotos. Bares de colección y de coleccionistas.

Futbolero. El Banderín, en Almagro, exhibe más de 600 banderines de clubes de fútbol de todo el mundo, que tapizan las paredes hasta el techo.

Le interesa?”, pregunta un hombre, mientras extiende el brazo sobre la mesa para ofrecer una postal de 1928 del primer vuelo del Servicio Aeropostal, Buenos Aires-París, con la imagen de un cartero alado en azul y fondo naranja. Cada domingo, el casi centenario El Coleccionista, se vuelve un pequeño campo de batalla, con códigos y estrategias, donde unos 250 filatelistas compran, venden o intercambian estampillas y postales. Los primeros llegan a las 4, antes de las 7 cierran las mejores transacciones y hacia las 13 se termina el botín.

“El coleccionista es posesivo y acá desata sus pasiones típicas: el deseo de conocer y compartir, pero también su ansiedad; a veces hay grandes discusiones”, dice Néstor Sbarbi Osuna, filatelista habitué desde 1958. De golpe, se acerca a una mesa y la reclama; la norma implícita dicta que los más antiguos tengan su lugar reservado.

Cerca, una pila de álbumes de cuero espera el ojo experto que evalúa cada sello, por ejemplo, por su escasez, filigrana y método de impresión, y que los elige siguiendo algún criterio, como un tema, o por gusto. “Es una inversión; el sello no pierden valor y es negociables en todo el mundo”, explica Néstor, “pero a veces es como parir hijos y venderlos”. Además, con cada uno aprende un pedacito de Historia, por eso lo llama, riendo, “un hobby-ciencia”.

También en una esquina, pero en otro bar, una barra estilo inglés con botellas color caramelo invita al placer sofisticado. Esa barra es reina en el mundo. Ni en Escocia, donde están las mejores destilerías, existe una colección de whiskies tan extensa como la de Miguel Angel Reigosa, con más de 2.700 botellas , entre single malts , pure malts y blends.

En el Café de los Incas, hay 240 de ellas, entre whiskies y otras bebidas.

“Tomar poco y bueno” es la consigna y los optics, que mantienen las botellas invertidas en alto, sirven la medida justa. Su precio va desde 30 pesos, para un estándar de 3 a 7 años de añejamiento, a 400, para un Macallan de 25 . Sobre una pared, dentro de pequeños lockers iluminados, las botellas personales de los socios del Club del Whisky –que también funciona allí–, brillan como el sol. Bajo llave, solo se abren para ellos, que lo piden con hielo o con William Wallace, un agua elaborada especialmente para el lugar.

“Lo importante es conseguir lo que no hay, ediciones limitadas. Conocemos antes que nadie lo que recién sale de las destilerías”, dice Miguel Ángel. Es el caso, por ejemplo, de un Royal Salute de 50 años, conmemoración de la asunción de la Reina Isabel II.

Cuesta 33.000 dólares y es uno de los dos, de 225, que llegaron a Sudamérica. También el de otra, con la forma de Juan Pablo II. A la hora de beber, las jerarquías parecen romperse. ¿El mejor whisky del mundo? “El que más te gusta”, responde Miguel Ángel con énfasis.

“Se prohíbe escupir en el suelo” reza un cartel de 1902 en un tercer bar. Junto a la Hesperidina y al vermut servido con soda de sifón, impone un aire de época. Un isósceles de tela palidecida del Primer Campeonato de Fútbol Infantil “Evita”, de 1949, cuelga en una esquina. Da miedo tocarlo: es el más viejo de los casi 600 banderines de fútbol que suben hasta el techo en El Banderín, en una mezcla anárquica de colores –los más nuevos, sintéticos y brillantes– de clubes y divisiones del mundo.

En el centro, sobre la barra, está el de River –enmarcado–, club del que Mario Riesco (76), el dueño, es fanático y socio vitalicio desde 1944. “Pero mi preferido es uno de El Tábano, porque me lo regaló Goyeneche y tiene el bichito bordado con hilos de oro”, dice. Mario colgó los primeros en los 60, cuando tomó las riendas y rebautizó el cafetín que desde 1923 fuera de su padre. Ahora, los recibe de turistas que no encuentran su club local y se los envían por correo.

En otra ochava, el Bar Palacio atesora 2.000 cámaras de fotos con sus accesorios y fotografías antiguas. Su dueño, Alejandro Simik (52), las acopia desde 2001, en esa mezcla de museo con vitrinas y de bar por el aroma tostado del café que sirve.

Todo funciona , incluso una cámara alemana de estudio de 1870, mueblecito de madera con obturador, fuelle y lente de bronce; una para espías de los ‘30, de 6 centímetros. y un flash a chispa de magnesio, especie de cucharín metálico, de los ‘20.

“¿Para qué sirve una colección que no se comparte?”, pregunta Alejandro, para quien el bar es un aporte cultural. Sus claves, “constancia y mostrarse calmo para que no te suban el precio”, podrían formar un decálogo del perfecto coleccionista. Miguel Ángel resume el alma de toda colección: no tienen un precio, sino el valor que le da la pasión del coleccionista.

Fuente: Diario Clarín 13/02/2012

 

Di Stéfano era Gardel con botines – Diario AS España

9 agosto 2011
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En el barrio de Almagro, “gloria de los guapos, lugar de idilios y poesía” confluyen dos arterias empedradas, Guardia Vieja y Billinghurst. Esquina custodiada por un viejo boliche. El Asturiano, abierto el 15 de noviembre de 1923 por Justo Riesco, natural de Cangas de Narcea, se convirtió en El Banderín en 1929.

Al entrar un bandoneón desgrana un tango. Nos recibe Silvio, nieto del fundador. “Los banderines los traen amigos, clientes que les gusta y nos envían por correo…”. Aparece don Mario, “el Millonario. No es por la plata, es que soy fana de River desde pibe. 65 años de socio”. Mario trabaja de noche “porque me gusta hablar con los pibes. Por la mañana vienen los fijos, por la tarde los taxistas y por la noche los pibes”.

La especialidad de la casa son las picaditas (tapas porteñas). “La picada común acá es el cantimpalo, la longaniza, queso con aceituna, chambota, morrones… Mercadería de primera. Y el fiambre cortado en la ladera (en la barra), que cambia el gusto. Un plato típico de boliche. Quien viene repite”, apunta orgulloso Mario, que nació entre estas paredes hace 75 años. ¿Y de beber? “Cinzano con Ferné, pero servido como se debe”.

La ‘Máquina’. Suena Aníbal Troilo y Mario hace memoria. “Yo iba a la cancha de River con su ahijado. Hay un cuadro de La Máquina que los presos de Devoto regalaron a Pichuco y su ahijado me lo dio para colgarlo acá”. Mario andaba kilómetros para ir a los entrenamientos. “Al final Carrizo ponía tres pelotas encima del larguero, que antes eran cuadrados, se iba al borde del área y disparaba hasta tirarlas. Las que se le iban fuera, se las alcanzaba yo. Ahora los pibes llegan a la línea y ¡no saben ni centrar!”. Habla con la nostalgia de quien vivió años mejores. “Vi jugar a La Máquina”. Ralentiza la cadencia de su habla, sus ojos vidriosos miran al techo antes de recitar la eterna letanía: “Muñoz… Moreno… Pedernera… Labruna.. Loustau. Nunca hubo nada igual en un campo de fútbol. ¿Sabe que se silbaban para echarse la pelota? Nadie les quitaba la bola, como al Barcelona ahora. Le llamaban Los Caballeros de la Angustia porque no cerraban hasta el final los partidos. Y luego, a ver a Troilo. Bellos tiempos”. La Máquina, bautizada por el legendario cronista de El Gráfico Borocotó en 1942, sólo jugó 17 partidos junta. “Eran años felices para River. Salían del vestuario y acariciaban la cabeza a los pibes -comenta mientras pasea la mano por su lustrosa calva-. Eso compensaba todo. Ahora ni miran a los pibes. ¡Qué pelotudos!”. Mario da un trago corto a su café antes de seguir el paseo por la historia de River. “¿Y qué me dicen de Alfredo? Di Stéfano era Gardel con botines. ¡Mamita!”, exclama preso del entusiasmo. “Me reuní con don Santiago Bernabéu cuando vino a Buenos Aires a ver cómo funcionaba River. Nos llamaban la Casa Blanca y Bernabéu lo exportó al Madrid. Un señor, les digo”.

Hora de dejar los años dorados y adentrarnos en la cruda realidad. “Pasarella nos sacará de ahí. Él se plantó ante Grondona y lo pagamos, pero a esto nos llevó Aguilar, a quien ahora don Julio manda a representarle por el mundo. ¿Cómo se puede ser tan boludo? O estás con ellos o…”, resigna. Habla con devoción de Pasarella, admiración que hizo pública un programa de televisión que llevó al Capitán a El Banderín. Mario sacó aquel día “un vermut que guardé 50 años para una ocasión excepcional. Y vaya si lo fue”.

Le escuece menos la albiceleste. “Son tantos años. Como cantaba Gardel, ‘lo mismo un burro que un gran profesor’. Sin dirección y jugadores que no dan un pase al pie. Si los pilla Pipo Rossi, que pedía una escalera cuando le daban un pase alto… ¡Y discutimos a Messi! Somos tan argentiiiinos…”, tensa amargamente el gentilicio.

No es optimista respecto al fútbol argentino: “Lo peor es que Humbertito (hijo de Grondona) quiere suceder al viejo. ¡Y es tan mala noticia!”. Algo que contrasta con el vitalismo que envuelve su lenguaje corporal. Una gata negra, y celosa, se sube a sus piernas cuando la conversación toca a su fín. Es Pedernera. Don Mario, dicharachero, nos tira el guante. “¿Y fueron a ver tango? Pasen por acá el sábado y al cerrar los llevo a un templo porteño. ¿Las argentinas les habrán tratado bien? Ustedes acá siempre son bienvenidos”, sonríe cómplice. Un apretón de manos en la puerta del boliche sella la visita. El Banderín, Guardia Viaje y Billinghurst. Buenos Aires. Pasen. Allí la vida se toma un respiro.

F. De La Calle | 23/07/2011

Fuente Diario AS

Nota de la BBC sobre la Copa America

12 julio 2011
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Quatre bars qui vont droit au but – enRoute Air Canada

25 septiembre 2010
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Buenos Aires

El Banderín

Ce bar, dont le nom signifie «?Le fanion?», ne craint pas d’afficher ses couleurs?: 380 fanions d’équipes de la planète foot ornent ses murs. Sirotez une Quilmes froide et voyez si Diego Maradona, qui a aidé l’Argentine à remporter sa dernière Coupe du monde et qui est désormais le sélectionneur de l’équipe nationale, peut de nouveau mener son pays à la victoire.

Revista enRoute de la aerolinea Air Canada

The Argentina Independent 54 Bars: Café El Banderin

29 agosto 2010
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El Banderin has a low key environment perfect for drinking a coffee and watching your favorite football team on the corner of Guardia Vieja and Billinghurst. (Photo/Brian Funk)

Situated on a quiet corner in Almagro, Café El Banderin evokes an earlier era in Buenos Aires, when the city’s culture was largely defined by the hoards of Italian and Spanish immigrants that flooded la capital during the last century. The cafe’s high ceilings, dim lighting, yellowing and cracked plaster walls, and a dozen or so wooden tables nicked and scratched by decades of customers give it a decidedly old world feel, justifying its place on the list of 54 historic bars in the city.

The largely porteño clientele adds to this vibe as well, making it hard to believe that El Banderin exists in the same city as the swanky boliches and trendy gringo bars that dominate nearby Palermo. The reining style for men is dark, wooly sweaters, worn-in suit jackets, and scraggly beards, while the women sport the obligatory back-length chestnut hair and jangly collections of silver bracelets.

Café El Banderin originally opened in 1923 as El Asturiano, a corner store selling staples such as sugar, coffee, and tea to the Italian and Spanish immigrants who had come to work in nearby Abasto.

When Mario Riesco took over from his Spanish father in 1958, he decided to convert it into a café for football aficionados. He began to decorate the walls with the flags of different clubs from around the country and the world, and the storefront soon became Café El Banderin, which means “the pennant” in Spanish. Riesco has been running it ever since, and still shows up every night to greet the patrons and work the bar.

MarioBar Owner Mario Riesco poses in front of numerous football pennants from which the bar gets its name. (Photo/Brian Funk)

“[Customers come] for the service,” Riesco said, wearing a ribbed mustard sweater and gray wool pants, with a gigantic wooden cross dangling from his neck. “It’s a place where you can meet your friends. Here, the clients feel like they’re in their home. Here, the client is a friend.”

On an otherwise quiet Wednesday evening, every table in the café is full, occupied by porteños who chat through the night over drinks and picadas. A trio of portly, mustached men laugh over glasses of whiskey and plates of salami, cheese, and bread. A young couple drinks beer and munches on potato chips at the next table over. Four 30-something men in suits share a bottle of wine or two. Riesco himself emerges from behind the bar to talk with the customers, make sure everyone’s drinks are topped off, and take out the trash.

The café has had its share of notable clientele as well, including Carlos Gardel, Juan Carlos Godoy, and Daniel Passarella (footballer from Riesco’s favourite team, River).

But El Banderin has not been kept completely secret from the city’s expats. During the World Cup, groups of Europeans and North Americans showed up to watch matches on the café’s conspicuous flat screen TV. Riesco attributed the increase in foreigners this year to the Internet, which he said allowed people to discover his bar and organize groups to watch their home countries’ games.

But now that the World Cup is over, those looking for a genuinely porteño vibe will not be disappointed. Come during the day for coffee and facturas, and at night for the extensive but cheap whiskey menu and an assortment of sandwiches and picadas.

Boca ClassicEl Banderin is a notable bar for all football fans and is decorated with classic football memorabilia which includes an original pennant from the Boca Juniors (right). (Photo/Brian Funk)

Just make sure to bring your conversation starters – El Banderin seems perfectly designed to encourage the kind of café philosophizing that leads two otherwise rational people to get into a contentious debate about Foucault after a bottle of wine on an empty stomach.

And if the discussion ever does die, you can pass the time admiring the hundreds of club football pennants that adorn the walls. Try and spot the cafe’s oldest, the flag from the 1950 Camion de Futbol Infantil Evita.

North Americans should not bother searching for their home team’s pennant, however. Riesco said that while he would like to hang them, they take up “five times” as much room as the other flags and he just does not have the space.

Café El Banderin is located at Guardia Vieja 3601, esq. Billinghurst. Winter hours are Monday-Wednesday, 9am-10pm and Thursday-Friday 9am-midnight. Open til 1/2am every night in the summer.

Fuente: 54 Bars: Café El Banderin

The Argentina Independent

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