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Vivo en Argentina – TV Publica – 14-08-12

14 abril 2014
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Di Stéfano era Gardel con botines – Diario AS España

9 agosto 2011
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En el barrio de Almagro, “gloria de los guapos, lugar de idilios y poesía” confluyen dos arterias empedradas, Guardia Vieja y Billinghurst. Esquina custodiada por un viejo boliche. El Asturiano, abierto el 15 de noviembre de 1923 por Justo Riesco, natural de Cangas de Narcea, se convirtió en El Banderín en 1929.

Al entrar un bandoneón desgrana un tango. Nos recibe Silvio, nieto del fundador. “Los banderines los traen amigos, clientes que les gusta y nos envían por correo…”. Aparece don Mario, “el Millonario. No es por la plata, es que soy fana de River desde pibe. 65 años de socio”. Mario trabaja de noche “porque me gusta hablar con los pibes. Por la mañana vienen los fijos, por la tarde los taxistas y por la noche los pibes”.

La especialidad de la casa son las picaditas (tapas porteñas). “La picada común acá es el cantimpalo, la longaniza, queso con aceituna, chambota, morrones… Mercadería de primera. Y el fiambre cortado en la ladera (en la barra), que cambia el gusto. Un plato típico de boliche. Quien viene repite”, apunta orgulloso Mario, que nació entre estas paredes hace 75 años. ¿Y de beber? “Cinzano con Ferné, pero servido como se debe”.

La ‘Máquina’. Suena Aníbal Troilo y Mario hace memoria. “Yo iba a la cancha de River con su ahijado. Hay un cuadro de La Máquina que los presos de Devoto regalaron a Pichuco y su ahijado me lo dio para colgarlo acá”. Mario andaba kilómetros para ir a los entrenamientos. “Al final Carrizo ponía tres pelotas encima del larguero, que antes eran cuadrados, se iba al borde del área y disparaba hasta tirarlas. Las que se le iban fuera, se las alcanzaba yo. Ahora los pibes llegan a la línea y ¡no saben ni centrar!”. Habla con la nostalgia de quien vivió años mejores. “Vi jugar a La Máquina”. Ralentiza la cadencia de su habla, sus ojos vidriosos miran al techo antes de recitar la eterna letanía: “Muñoz… Moreno… Pedernera… Labruna.. Loustau. Nunca hubo nada igual en un campo de fútbol. ¿Sabe que se silbaban para echarse la pelota? Nadie les quitaba la bola, como al Barcelona ahora. Le llamaban Los Caballeros de la Angustia porque no cerraban hasta el final los partidos. Y luego, a ver a Troilo. Bellos tiempos”. La Máquina, bautizada por el legendario cronista de El Gráfico Borocotó en 1942, sólo jugó 17 partidos junta. “Eran años felices para River. Salían del vestuario y acariciaban la cabeza a los pibes -comenta mientras pasea la mano por su lustrosa calva-. Eso compensaba todo. Ahora ni miran a los pibes. ¡Qué pelotudos!”. Mario da un trago corto a su café antes de seguir el paseo por la historia de River. “¿Y qué me dicen de Alfredo? Di Stéfano era Gardel con botines. ¡Mamita!”, exclama preso del entusiasmo. “Me reuní con don Santiago Bernabéu cuando vino a Buenos Aires a ver cómo funcionaba River. Nos llamaban la Casa Blanca y Bernabéu lo exportó al Madrid. Un señor, les digo”.

Hora de dejar los años dorados y adentrarnos en la cruda realidad. “Pasarella nos sacará de ahí. Él se plantó ante Grondona y lo pagamos, pero a esto nos llevó Aguilar, a quien ahora don Julio manda a representarle por el mundo. ¿Cómo se puede ser tan boludo? O estás con ellos o…”, resigna. Habla con devoción de Pasarella, admiración que hizo pública un programa de televisión que llevó al Capitán a El Banderín. Mario sacó aquel día “un vermut que guardé 50 años para una ocasión excepcional. Y vaya si lo fue”.

Le escuece menos la albiceleste. “Son tantos años. Como cantaba Gardel, ‘lo mismo un burro que un gran profesor’. Sin dirección y jugadores que no dan un pase al pie. Si los pilla Pipo Rossi, que pedía una escalera cuando le daban un pase alto… ¡Y discutimos a Messi! Somos tan argentiiiinos…”, tensa amargamente el gentilicio.

No es optimista respecto al fútbol argentino: “Lo peor es que Humbertito (hijo de Grondona) quiere suceder al viejo. ¡Y es tan mala noticia!”. Algo que contrasta con el vitalismo que envuelve su lenguaje corporal. Una gata negra, y celosa, se sube a sus piernas cuando la conversación toca a su fín. Es Pedernera. Don Mario, dicharachero, nos tira el guante. “¿Y fueron a ver tango? Pasen por acá el sábado y al cerrar los llevo a un templo porteño. ¿Las argentinas les habrán tratado bien? Ustedes acá siempre son bienvenidos”, sonríe cómplice. Un apretón de manos en la puerta del boliche sella la visita. El Banderín, Guardia Viaje y Billinghurst. Buenos Aires. Pasen. Allí la vida se toma un respiro.

F. De La Calle | 23/07/2011

Fuente Diario AS

Fotos del Cumpleaños de “El Banderín”

16 enero 2011
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Gracias por las fotos Daniel !!

The Argentina Independent 54 Bars: Café El Banderin

29 agosto 2010
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El Banderin has a low key environment perfect for drinking a coffee and watching your favorite football team on the corner of Guardia Vieja and Billinghurst. (Photo/Brian Funk)

Situated on a quiet corner in Almagro, Café El Banderin evokes an earlier era in Buenos Aires, when the city’s culture was largely defined by the hoards of Italian and Spanish immigrants that flooded la capital during the last century. The cafe’s high ceilings, dim lighting, yellowing and cracked plaster walls, and a dozen or so wooden tables nicked and scratched by decades of customers give it a decidedly old world feel, justifying its place on the list of 54 historic bars in the city.

The largely porteño clientele adds to this vibe as well, making it hard to believe that El Banderin exists in the same city as the swanky boliches and trendy gringo bars that dominate nearby Palermo. The reining style for men is dark, wooly sweaters, worn-in suit jackets, and scraggly beards, while the women sport the obligatory back-length chestnut hair and jangly collections of silver bracelets.

Café El Banderin originally opened in 1923 as El Asturiano, a corner store selling staples such as sugar, coffee, and tea to the Italian and Spanish immigrants who had come to work in nearby Abasto.

When Mario Riesco took over from his Spanish father in 1958, he decided to convert it into a café for football aficionados. He began to decorate the walls with the flags of different clubs from around the country and the world, and the storefront soon became Café El Banderin, which means “the pennant” in Spanish. Riesco has been running it ever since, and still shows up every night to greet the patrons and work the bar.

MarioBar Owner Mario Riesco poses in front of numerous football pennants from which the bar gets its name. (Photo/Brian Funk)

“[Customers come] for the service,” Riesco said, wearing a ribbed mustard sweater and gray wool pants, with a gigantic wooden cross dangling from his neck. “It’s a place where you can meet your friends. Here, the clients feel like they’re in their home. Here, the client is a friend.”

On an otherwise quiet Wednesday evening, every table in the café is full, occupied by porteños who chat through the night over drinks and picadas. A trio of portly, mustached men laugh over glasses of whiskey and plates of salami, cheese, and bread. A young couple drinks beer and munches on potato chips at the next table over. Four 30-something men in suits share a bottle of wine or two. Riesco himself emerges from behind the bar to talk with the customers, make sure everyone’s drinks are topped off, and take out the trash.

The café has had its share of notable clientele as well, including Carlos Gardel, Juan Carlos Godoy, and Daniel Passarella (footballer from Riesco’s favourite team, River).

But El Banderin has not been kept completely secret from the city’s expats. During the World Cup, groups of Europeans and North Americans showed up to watch matches on the café’s conspicuous flat screen TV. Riesco attributed the increase in foreigners this year to the Internet, which he said allowed people to discover his bar and organize groups to watch their home countries’ games.

But now that the World Cup is over, those looking for a genuinely porteño vibe will not be disappointed. Come during the day for coffee and facturas, and at night for the extensive but cheap whiskey menu and an assortment of sandwiches and picadas.

Boca ClassicEl Banderin is a notable bar for all football fans and is decorated with classic football memorabilia which includes an original pennant from the Boca Juniors (right). (Photo/Brian Funk)

Just make sure to bring your conversation starters – El Banderin seems perfectly designed to encourage the kind of café philosophizing that leads two otherwise rational people to get into a contentious debate about Foucault after a bottle of wine on an empty stomach.

And if the discussion ever does die, you can pass the time admiring the hundreds of club football pennants that adorn the walls. Try and spot the cafe’s oldest, the flag from the 1950 Camion de Futbol Infantil Evita.

North Americans should not bother searching for their home team’s pennant, however. Riesco said that while he would like to hang them, they take up “five times” as much room as the other flags and he just does not have the space.

Café El Banderin is located at Guardia Vieja 3601, esq. Billinghurst. Winter hours are Monday-Wednesday, 9am-10pm and Thursday-Friday 9am-midnight. Open til 1/2am every night in the summer.

Fuente: 54 Bars: Café El Banderin

The Argentina Independent

Deporte es historia: El Banderín de las añoranzas

11 agosto 2010
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Hay que trasladarse a Billinghurst y Guardia Vieja para encontrar el remanso más futbolero de Buenos Aires. Las paredes de El Banderín, un bar donde la pelota es la inspiración de las charlas, son un viaje a lo más profundo de nuestro fútbol y de nuestra historia.

Ubicado en una esquina del Almagro más bohemio, El Banderín parece extraído de otro tiempo, de otra realidad. Es una tregua dentro del vértigo que impone la ciudad; una bonita melodía de violines y bandoneones que irrumpe el ruido de nuestro días. Es, en definitiva, una pequeñaresistencia.

En sus 80 años de vida hospedó a poetas consagrados y anónimos, a hinchas felices y tristes, a virtuosos atacantes y a toscos defensores. Ellos, y sus vidas simples, le dieron al Café –así, con mayúscula– una impronta única. En su aroma, en sus baldosas antiguas, en sus mesas gastadas, El Banderín regala resabios del fútbol de épocas pasadas.

Por allí han pasado próceres del deporte, como Firpo, Pedernera, Pascual Pérez, Marzolini, Potente, Rojitas o Márcico; y próceres del pueblo, como Gardel, Troilo o Tato Bores. Para cada uno de ellos hay una mención, una foto que invita a su recuerdo.

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Frente al mostrador cuelga una obra única: un cuadro con el equipo del River de 1936 confeccionado con recortes de El Gráfico, que cuenta con un detalle precioso: las camisetas de cada jugador están bordadas con hilo de seda por presos de la cárcel de Villa Devoto. Ellos se lo regalaron a Aníbal Troilo para agradecerle la música que les ofrendaba entre los barrotes. Y Pichuco, en 1942, lo llevó a esa esquina.

Sentado contra la ventana, en una tarde de lluvia inminente, Don Mario Riesco, el dueño del bar, evoca sus días de niño: “Jugábamos a la pelota sobre el empedrado de Guardia Vieja. Los vecinos, antes de irse para el trabajo, tomaban cañita Chisoti o Valle Viejo. Era una vida más sana”, relata. Mario está a cargo del boliche desde 1958. Sucedió, como es habitual en estos casos, a su padre, Pedro Justo, un inmigrante de Asturias que comenzó con el rito en 1923.

Las paredes del Café están cubiertas por más de 400 banderines de clubes argentinos, latinoamericanos, europeos y asiáticos. Hay de todos, hasta de los más insólitos: Unión Huaral de Perú, el Atlético Basañez uruguayo, Comunicaciones guatemalteco y Ciudad Madero de México son apenas algunos. “Los de Paraguay no se pueden agarrar porque se deshacen. Están ahí hace más de cincuenta años”, avisa el hijo de Mario. De Argentina, además de los equipos más conocidos, también están los retazos de tela de Altos Hornos Zapla, Alvear Club, Chaco For Ever, Estudiantes de Río Cuarto y Club Social y Deportivo El Tábano. Don Mario está orgulloso de su museo. Por eso cuida cada objeto con minuciosidad.

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Los habitúes de El Banderín se corresponden con el espíritu del lugar. Taxistas, corredores de indumentaria y mecánicos de la zona se juntan a la tardecita para debatir sobre el partido del fin de semana o para añorar algún tango viejo. Para ellos, esa ochava resulta un espacio de pertenencia y de igualdad: en las mesas de café, sólo adornadas por pocillos y azucareras, no hay distinciones de ningún tipo. Todas las voces tienen la misma importancia. Una característica, como todas la de este bar, que parece extraída de otro tiempo.

Por Agustín Colombo
Fotos:Leandro Villamea

Deporte es historia: El Banderín de las añoranzas

Diario La Nacion julio de 2009: Mario Riesco, el dueño del histórico bar de los banderines

11 agosto 2010
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“¡Mirá quién vino! El último cantor de tango, Juan Carlos Godoy”, se oye cuando un hombre de 87 años irrumpe en El Banderín. La escena confirma el mito que circula en Almagro: el local de Guardia Vieja y Billinghurst ganó su sello de “notable” gracias a la calidez de su gente, empezando por su dueño, Mario Riesco.

Don Mario, fanático de River y socio vitalicio del club desde 1944, pasa sus tardes compartiendo charlas con los clientes que llegan al bar en busca de su café en jarrito o de la tradicional picada de fiambres ibéricos.

“La gente me saluda con un abrazo, yo los recibo como en mi casa”, afirma este hombre de 73 años, y asegura que la fórmula de la supervivencia en el tiempo es estar abierto a la juventud, que elige este bar para pasar sus madrugadas y se suma la clientela tradicional.

El hermoso fileteado en el cartel de entrada indica que el cafetín tiene más de 70 años y al ingresar parece que el tiempo no hubiera pasado. Los elementos y las costumbres se mantienen intactas, y el sonido del tango traslada a la atmósfera porteña de los años 30.

Don Mario recuerda haber caminado entre las mesas de este café desde que tiene memoria. En su infancia ayudaba su padre, cuando todavía el local funcionaba como bar-almacén bajo el nombre de “El Asturiano Provisiones y Fiambrería”.

En aquellos años, el lugar era un desfile de tangueros, entre entre ellos, Aníbal Trolio y Carlos Gardel. “La mamá de Carlitos compraba «por libreta» en el almacén y él vino a tomar café varias veces”, cuenta.

A fines de los 50, Don Mario pasó al frente del negocio, momento en que la invasión de los supermercados lo obligó a cerrar la parte del almacén y a funcionar exclusivamente como bar.

Fue por esa época cuando comenzó a colgar su colección de más de 500 banderines en las paredes y rebautizó el bar con el nombre con el que es reconocido hoy en día.

Don Mario cuenta que comenzó por el club de sus amores. Pero con el paso del tiempo, abrió su colección al resto de los equipos locales y gracias a un amigo que solía viajar al exterior, y engrosó su acopio con ejemplares de todo el mundo. “Muchos extranjeros que visitan el bar, al volver a sus países me mandan uno por correo”, comenta.

A pesar de estas modificaciones, la esencia y la atención del bar no cambiaron y los vecinos continuaron colmando las mesas de El Banderín. Personalidades como Luis Angel Firpo, Pascual Pérez, Juan Manuel Fangio y Adolfo Pedernera se fueron sumando a la clientela del bar. “También venía Tato Bores, pedía siempre un cortadito”, recuerda Don Mario, y señala una fotografía que el capocómico le regaló luego de varias rondas de café.

“Hay uno que todavía espero. Tengo guardadas dos botellas de Cinzano por si llega a venir Pasarella”, confiesa Don Mario, con la misma esperanza de que sobreviva la tradición que hace de El Banderín un lugar especial. “Mi hijo ya trabaja conmigo y me encantaría que algún día mi nieto pueda heredar este lugar, que a mi me dio tanta felicidad”, concluye.

Por Maia Jastreblansky
De la Redacción de lanacion.com

Don Justo Riesco tomando mate

11 agosto 2010
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Don Justo tomando mateJusto Riesco Fundador de “El Asturiano” hoy  “El Banderín