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Nota Página 12 marzo de 2004: La ñata contra el siglo XXI

12 August 2010

Otros doce cafés porteños se incorporaron al plan de la Secretaría de Cultura, que busca preservar la identidad de lugares emblemáticos.

Pocas ciudades en el mundo tienen tantos bares históricos como Buenos Aires, privilegio que no la inmuniza contra la irrupción de reductos gastronómicos seriados. Mientras la uniformidad se cuela hasta en la arquitectura, corren riesgo de extinción los bares con personalidad, historia e identidad porteña. Mientras, crecen las cadenas extranjeras de fast food o negocios de 24 horas, que se diferencian de aquellos cafetines, testigos mudos de miles de charlas e historias. Para atenuar esa situación, desde 2001 la Secretaría de Cultura de Buenos Aires, a través de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural, propone un Plan de revitalización de bares notables. En principio la medida alcanzó a 38 bares y en estos días se incorporaron 12 más a la lista. Está destinado a aquellos lugares que por su valor arquitectónico, histórico, cultural o simbólico, merecen tener apoyo oficial. “Nuestra idea es destacarlos y apoyarlos”, comentó Silvia Fajre, subsecretaria de Patrimonio Cultural, en diálogo con Página/12.
Para lograr ese objetivo los organizadores previeron algunos lineamientos. En principio, “la difusión. Algunos de estos bares son conocidos y otros no. La idea es que todo el mundo los conozca”, señaló la funcionaria. Además se trabajó para programar espectáculos musicales. “Estos bares se convirtieron en una nueva oferta cultural de la ciudad y, de alguna manera, la iniciativa permitió no solo sostenerlos sino incrementar en gran parte su facturación”, dice Fajre. La Secretaría puso toda la logística técnica, los contratos artísticos y la difusión. Otra línea de acción consistió en otorgar “pequeños subsidios e intervenciones directas en cuanto a algún elemento de valor patrimonial que tuviera el bar”, pero siempre que mantuviera sus elementos identitarios. Entre los bares que se suman al plan figuran El Federal, El Estaño, El Coleccionista, Café Margot y El Banderín. Página/12 visitó dos de ellos.
El Café Margot durante varios años tuvo un visitante amigo de todos los clientes: el gato negro “Mingo” que no asustaba a la gente supersticiosa y, en cambio, se recostaba en las sillas de madera casi como proponiendo un pacto amistoso. Si bien el Margot nació en 1992, la esquina donde se emplaza, Boedo y San Ignacio, data de 1904, año en que fue construida por Lorenzo Berisso, un inmigrante italiano. En estos cien años, la esquina, situada a una cuadra y media de la supertanguera San Juan y Boedo, tuvo la particularidad de ser siempre un comercio vinculado con la gastronomía. El más duradero fue El Trianón, que permaneció allí varias décadas. Durante los años 40 el lugar se hizo famoso por una receta tan sabrosa como original para la época. “Había que hacer cola para probar el sándwich de pavita”, comenta Pablo Durán, actual encargado del Margot. “Venían tipos como Bonavena o Gatica. Hasta Perón, siendo presidente, vino. Dicen que iba a inaugurar una obra e hizo parar a toda la comitiva aquí para probarlo.” Actualmente el Margot mantiene esa tradición culinaria. “Acá se realizaban los mítines socialistas y estaba el palco de los carnavales”, comenta Alberto Di Nardo, miembro de la Asociación Amigos del Café Margot. Se reunían escritores y pintores. Actualmente siguen concurriendo artistas y, además, se juntan miembros de periódicos barriales, se realizan conferencias y se leen poesías.
Don Mario Riesco tiene 68 años, se confiesa hincha fanático de River y admirador de Passarella, a quien desea conocer. Por eso conserva un Cinzano desde hace 40 años, para compartir con el entrenador. Su bar, “El Banderín”, está situado en la esquina de Guardia Vieja y Billinghurst. El local nació en 1923 como “El Asturiano”, propiedad de su padre español. “Carlitos vino a visitarlo aquí dos o tres veces”, recuerda Riesco sobre la presencia de Gardel. También fueron clientes Angel Firpo, Adolfo Pedernera, Pascualito Pérez, y Tato Bores, que grabó un fragmento de Good Show. En 1958 Don Mario tomó las riendas del bar, colgó 380 banderines de distintos clubes de fútbol de todo el mundo. Y el bar cambió de nombre. Desde entonces es “El Banderín”, una especie de museo futbolero. Otra curiosidad: “En 1942 Pichuco (Aníbal Troilo) fue a tocar a la cárcel de Caseros –recuerda Riesco–. Los presos, sabiendo que Pichuco era hincha de River, decidieron darle una sorpresa. Recortaron las fotografías de las cabezas de los jugadores de River de aquel entonces e hicieron con hilos de seda las camisetitas, todas bordadas”. Los pegaron en una cartulina que está colgada en la pared, entre tantos recuerdos.

Por Oscar Ranzani

Pagina 12 | La ñata contra el siglo XXI

Entrevista La Nacion a Mario Riesco

11 August 2010

Sábado 18 de julio de 200

Diario La Nacion julio de 2009: Mario Riesco, el dueño del histórico bar de los banderines

11 August 2010

“¡Mirá quién vino! El último cantor de tango, Juan Carlos Godoy”, se oye cuando un hombre de 87 años irrumpe en El Banderín. La escena confirma el mito que circula en Almagro: el local de Guardia Vieja y Billinghurst ganó su sello de “notable” gracias a la calidez de su gente, empezando por su dueño, Mario Riesco.

Don Mario, fanático de River y socio vitalicio del club desde 1944, pasa sus tardes compartiendo charlas con los clientes que llegan al bar en busca de su café en jarrito o de la tradicional picada de fiambres ibéricos.

“La gente me saluda con un abrazo, yo los recibo como en mi casa”, afirma este hombre de 73 años, y asegura que la fórmula de la supervivencia en el tiempo es estar abierto a la juventud, que elige este bar para pasar sus madrugadas y se suma la clientela tradicional.

El hermoso fileteado en el cartel de entrada indica que el cafetín tiene más de 70 años y al ingresar parece que el tiempo no hubiera pasado. Los elementos y las costumbres se mantienen intactas, y el sonido del tango traslada a la atmósfera porteña de los años 30.

Don Mario recuerda haber caminado entre las mesas de este café desde que tiene memoria. En su infancia ayudaba su padre, cuando todavía el local funcionaba como bar-almacén bajo el nombre de “El Asturiano Provisiones y Fiambrería”.

En aquellos años, el lugar era un desfile de tangueros, entre entre ellos, Aníbal Trolio y Carlos Gardel. “La mamá de Carlitos compraba «por libreta» en el almacén y él vino a tomar café varias veces”, cuenta.

A fines de los 50, Don Mario pasó al frente del negocio, momento en que la invasión de los supermercados lo obligó a cerrar la parte del almacén y a funcionar exclusivamente como bar.

Fue por esa época cuando comenzó a colgar su colección de más de 500 banderines en las paredes y rebautizó el bar con el nombre con el que es reconocido hoy en día.

Don Mario cuenta que comenzó por el club de sus amores. Pero con el paso del tiempo, abrió su colección al resto de los equipos locales y gracias a un amigo que solía viajar al exterior, y engrosó su acopio con ejemplares de todo el mundo. “Muchos extranjeros que visitan el bar, al volver a sus países me mandan uno por correo”, comenta.

A pesar de estas modificaciones, la esencia y la atención del bar no cambiaron y los vecinos continuaron colmando las mesas de El Banderín. Personalidades como Luis Angel Firpo, Pascual Pérez, Juan Manuel Fangio y Adolfo Pedernera se fueron sumando a la clientela del bar. “También venía Tato Bores, pedía siempre un cortadito”, recuerda Don Mario, y señala una fotografía que el capocómico le regaló luego de varias rondas de café.

“Hay uno que todavía espero. Tengo guardadas dos botellas de Cinzano por si llega a venir Pasarella”, confiesa Don Mario, con la misma esperanza de que sobreviva la tradición que hace de El Banderín un lugar especial. “Mi hijo ya trabaja conmigo y me encantaría que algún día mi nieto pueda heredar este lugar, que a mi me dio tanta felicidad”, concluye.

Por Maia Jastreblansky
De la Redacción de lanacion.com